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Mi hermano me desea

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-¿Qué hacía el tío Vicente saliendo de tu habitación esta mañana en pelotas?

- ¿tu tío? No se, no le he oído.

Mi hija y yo éramos uña y carne. Éramos amigas, confidentes. Éramos una sola, la reencarnación de cómo yo hubiera querido ser de joven, lista, espabilada, tranquila, segura de si misma. Dos años de carrera y con nota en todas las asignaturas. Era yo con más posibilidades, más medios, más gracia y desenvoltura; para mi era imposible engañarla o confundirla.

- ¡venga mamá! Que te crece la nariz, no sabes mentir.

En la vida me hubiera atrevido a decir yo eso a mis padres, pero ella me lo soltaba como si fuera mi conciencia.

- pues veras… como te lo diría…

- se ha aprovechado de ti, estaba segura de que lo intentaría, ¿te ha visto desnuda? ¿te ha tocado?

- me ha follado…

- ¡queeee…! Estas loca, como le has dejado.

Le conté como empecé a mirar si lo que me había contado el otro día era cierto, como fui confirmando sus sospechas, como nos pilló a su padre y a mí haciendo el amor y como la segunda noche, viendo su polla asomar por la puerta, había hecho lo que hice.

- pero que barbaridad, dejarse follar por su hermano. Mamá, tu no estas bien de la cabeza.

- si, no… no se, no debo estar muy bien, pero me pilló dormida, presentía que no era la de tu padre la polla que estaba entrando en mi, era mucho mas grande…

- ¿mas grande que la de papa?

- mucho mas grande… ¿pero cuando le has visto tú la polla a tu padre?

Se rió con ganas, sin ninguna vergüenza, como si fuera lo más natural del mundo ver el pene del padre. Pensé lo mismo de antes: yo, a mi padre, no le había visto ni las rodillas, pero si le hubiera visto alguna vez algo mas intimo, jamás se lo hubiera confesado a mi madre como lo hacia ella, con ese desparpajo y naturalidad.

- ¿cuantas veces después de cenar, te agarra y te sube sobre él y te quita la falda o te remanga la camisa?

- pues casi siempre que está en casa

-¿y tú ves que al cabo de un rato me despido y os dejo solos?

- si…

- cuando le empieza asomar la puntita por la bragueta del pijama me quedo mirando con curiosidad a ver que pasa…

- ¡pero que dices!

- calla mami, no sea antigua. Cuando la veo toda fuera, la cabecita pelada y la piel tensa, es cuando decido que es el momento de dejaros solos.

- hija, me da vergüenza oírte decir esas cosas. ¿y cómo no me lo habías dicho antes?

- se os veía tan felices, tan enamorados… que papá, con todas las posibilidades que tiene por ahí fuera, con las compañeras de trabajo tan guapas y jóvenes, esté deseando venir a casa, tirarte en la cama y hacer el amor contigo, pues que quieres que te diga… es tan bonito. Me emociona veros, no es normal ver tanto cariño en dos personas al cabo de tantos años.

- me dejas pasmada. No se que decirte…como explicarte…

- si. Pero dime una cosa. ¿Dices que la polla de tío Vicente es todavía mayor que la de papá?

Este era ya un tema más técnico en el que yo tenía ventaja. Seguimos hablando como dos mujeres cotilleando y bajando la voz.

- si, casi el doble de larga. Es un poco mas fino que el de tu padre pero muy larga. Cuando la mete no te hace daño, pero la sientes bien al final, golpeándote el útero, como queriendo seguir mas dentro.

- ¿y que se siente al tenerlo tan al fondo?

- un gusto enorme, es como un plato nuevo, desconocido, exótico, mejor condimentado, mas sabroso…

- si, será, pero no me hago una idea. No lo he hecho nunca.

- no tengas prisa. Esas cosas vienen solas. Te voy a explicar más o menos. A ti te gusta la ensalada…

- si

- la lechuga, el tomate, su poquito de vinagre, bien de aceite y el punto de sal.

- si, me encanta cuando nos queda bien.

- ¿y te acuerdas de la ensalada que preparaba tu tío cuando de pequeña íbamos a visitarle? Le echaba esto y lo otro, estaba buenísima, la llamaba Trampó.

- me acuerdo que estaba muy buena, pero no me acuerdo que le echaba.

- es igual. Te gusta la ensalada de todos los días, pero de vez en cuando probar otra no viene mal, te apetece. Me imagino que para tu tío la ensalada suya, tan buena, es algo aburrida y al probar la nuestra mas simple le encanta el cambio.

- pues lo que es yo, no pienso dejar que pruebe la mía, tu haz con la tuya lo que quieras.

Nos reímos las dos de su salida. Lo había cogido rápido y entendió lo que yo le quería decir y lo que es mas, me dio a entender que yo era muy libre de seguir probando cosas nuevas y que no se iba a escandalizar por ello.

Todo fue normal hasta la primera noche que mi marido durmió fuera de casa. Yo temía, pero esperaba, ese momento. Lo que no esperaba fue cómo se produjo. Después de cenar, mi hermano, que según su costumbre cuando estábamos solas, iba en calzoncillos, me dijo:

- ven hermanita, siéntate aquí.

Y señaló sus rodillas. Yo, como tantísimas noches en los últimos 20 años obedecí una orden, que esta vez no era de mi marido. Me recogió la falda y enseñó mis bragas negras, metió la mano por dentro, primero por detrás y luego por delante, buscando algún hueco entre mi densa pelambrera donde poder introducir sus dedos, mientras la otra mano se acercaba a mi pecho.

Cinco minutos después, mi hija se despidió de nosotros. Miré hacia abajo y casi dos palmos de polla salían medio colgando por el lateral de la única prenda que llevaba puesta.

Esa era la señal para retirarme, me levanté y me dirigí a mi habitación. Ni siquiera me di la vuelta para ver qué hacía él. En cuanto me tumbé desnuda en la acama lo sentí encima de mi. Me besó por todos los lados, me acarició y me estrujó, y al final fue metiendo su largísima polla, centímetro a centímetro, apartando mi enmarañada y ya empapada mata de pelo, hasta que llegó al final, tal como había descrito a mi hija unos días antes y luego se apartó un poco y empujó de nuevo, golpeando en lo mas profundo de mi vagina y me producía dolor cada vez que golpeaba y placer al retirarse y al final solo placer, hiciera lo que hiciera.

Esa noche no se quedó a dormir conmigo, aunque alguna otra vez, con bastante frecuencia, sí se acostaba a mi lado y quedaba placidamente dormido, roncando a mi lado al finalizar una grandiosa follada.

No volví a dormir sola casi ningún día durante los cinco meses siguientes.

Cuando se retiró un rato después con los calzoncillos en la mano, su gordita y peluda barriga recortada por la luz de la mesilla, vi como una delgada sombra se apartaba del hueco de la puerta, escapando precipitadamente, mientras las dos le oíamos exclamar en voz alta y con un tono natural.

-ay Pepi, Pepi. ¡Qué rica estas hermanita!

Todo asombroso