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Memorias de una sumisa

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MEMORIAS DE UNA SUMISA

CAPITULO 1. La sinuosa serpiente.

- Tranquila, putita, ella no te hará nada, sólo darte placer, tú déjate hacer.

Su voz sonaba tranquila y armoniosa en mi oído y eso me tranquilizaba, porque estar atada de pies y manos a los barrotes de la cama mientras una fría serpiente de dos metros se paseaba por mi cuerpo, era, sin duda, para ponerse nerviosa.

La serpiente se movía sigilosa sobre mi cuerpo. Pablo trataba de controlarla, de hacer que fuera hacía donde él quería. La cogió por el cuello y la llevó hasta mi sexo, todo mi cuerpo se tensó cuando sentí su lengua chocar contra mi clítoris, era una sensación extraña pero placentera, el frío de aquella estrecha lengua me hizo estremecer.

- No te preocupes, putita mía, la serpiente no te va a morder.

Pablo mantuvo a la serpiente quieta frente a mi sexo, de modo que la lengua iba rozando mi clítoris una y otra vez, enseguida empecé a gemir y a revolverme excitada. Sentía aquella lengua, acercarse y alejarse de mi clítoris, lo que me provocaba una deliciosa sensación que nunca antes había sentido. Pero Pablo la movió de lugar y entonces empecé a sentir la misma sensación sobre mi vulva, todo mi cuerpo se estremeció. Comencé a gemir excitada, a pesar de la situación, de sentirme preocupada porque en realidad, las serpientes me asqueaban; pero extrañamente estaba sintiendo placer. Noté como Pablo acercaba más al animal a mi sexo y su lengua se adentraba más en mi vulva, mi piel se erizó. Luego Pablo soltó al animal y dejó que empezara a serpentear por mi sexo y se moviera en dirección hacía mis pechos, rozando todo su cuerpo contra mi húmedo sexo.

- ¡Uhm, tengo una idea! – Dijo Pablo mirándome travieso. Conocía esa mirada perfectamente y sabía que algo perverso se le habría ocurrido.

Cogió la serpiente por la cola, me la enseñó y añadió:

- Este animalito va a hacer que te corras.

Por un segundo, me pregunté que se estaría pensando, pero enseguida lo supe; cuando empecé a sentir como la cola del animal entraba y salía de mi sexo, todo mi cuerpo se arqueo. Primero Pablo la movía despacio, pero luego y poco a poco fue aumentando el ritmo, haciendo que todo mi sexo se excitara más y más. Los gemidos se convirtieron en el eco de mi goce e inevitablemente fue aumentando al ritmo de las envestidas del animal que controlado por Pablo taladraba mi vagina una y otra vez sin cesar. Cada vez más fuerte y más rápido, hasta que empecé a sentir el inconfundible cosquilleo del orgasmo y como se iba extendiéndo por todo mi cuerpo hasta que irremediablemente me corrí. Fue algo increíble y extraño a la vez, pero también maravilloso. Cuando mi cuerpo por fin se calmó, Pablo me miró con cara de felicidad y me preguntó:

- Sé que tus padres nos matarán pero ¿quieres casarte conmigo? - me preguntó, luego acarició mi mejilla y me besó.

Afirmé con la cabeza.

- ¿Sabes? Has sido la única de todas las sumisas que he tenido, capaz de someterse a todos mis deseos y nunca has vacilado ante ninguno de ellos, ni siquiera este que para ti era lo peor que podía pedirte, sabiendo el asco y miedo que te dan las serpientes y has accedido sólo por complacerme

- Ya te dije el día que te pedí que me dejaras ser tu sumisa que haría todo lo que tú me pidieras, que por ti sería capaz de realizar todos tus sueños y deseos incluso los más asquerosos.

- Sí, y así ha sido, aquel día pensé que no tardarías en arrepentirte de lo que me estabas pidiendo, pero ahora me doy cuenta cuanto convencimiento había en tus palabras, y sobre todo cuando amor. Te quiero.

- Y yo a ti – musité. Mis manos y mis pies seguían atados a los barrotes de la cama, pero no me molestaba, estaba acostumbrada a ello.

La serpiente yacía quieta en el suelo, donde Pablo la había dejado, mientras él seguía abrazado a mí, hablando.

- Dos años – murmuré pensativa – Han pasado dos años.

- ¿Ya? – preguntó él.

- Sí.

- Vaya, pues aún recuerdo aquel día. Acababas de cumplir los dieciocho.

- Sí, fue justo después de mi fiesta de cumpleaños.

- Sí, espera, voy a guardar al bichito y luego seguimos hablando, mi amor.

Se alejó de mí levantándose de la cama:

- Vuelvo enseguida.

Pablo salió de la habitación dejándome allí atada. Me sentía feliz, por que por fin había conseguido ser no sólo su sumisa sino también la mujer de su vida, algo que había estado deseando desde siempre. Por que siempre había estado enamorada de él.

Pablo era el mejor amigo de mi padre, un hombre atractivo y soltero al que como digo y desde que empecé a sentirme atraída por los chicos, había amado. Le veía casi cada día en mi casa y siempre pensaba que algún día sería mío, y poco me importaba que tuviera 22 años más que yo, yo quería ser suya, suya para siempre y en todos los aspectos. Al principio mi amor por él era muy platónico e irreal, pero poco a poco fui creciendo, y conociéndole cada vez más profundamente, hasta que al cumplir los dieciséis empecé a investigar porque aún seguía soltero, que tipo de mujeres le gustaban, etc., y así fue como descubrí que lo que a él le gustaba era el mundo de la sumisión y lo que quería era una mujer sumisa capaz de hacer por él cualquier cosa y sobre todo capaz de cumplir todas y cada una de sus fantasías. Eso lo supe una noche, en que oí a Pablo hablar con otro de los amigos de mi padre. Habían venido a cenar a mi casa, y tras la cena, cuando yo ya estaba dormida, aparentemente, claro, ambos salieron al jardín y se sentaron en un banco de madera que había bajo mi ventana. Entonces les oí hablar:

- ¿Pero tú que es lo que quieres? – Le preguntó Antonio (el otro amigo a Pablo)

- Pues es bien fácil, una mujer que sepa satisfacerme, que sea la sumisa perfecta, ya sabes. Una puta en la cama y toda una mujer ante los demás. Una mujer capaz de hacer realidad todos mis deseos y fantasías sexuales, incluso los más depravados y que no se asuste por eso, sino que se sienta orgullosa y feliz de ser la mujer capaz de hacer realidad todas esas fantasías.

Aquella noche decidí que yo sería esa mujer, que yo me convertiría en la sumisa que él deseaba. Pero aún tuve que esperar un par de años para hacer efectivo ese deseo, pues sabía que si lo intentaba antes me encontraría con la oposición de mis padres, aunque en realidad, ya me la encontré después, pero como cuando Pablo y yo empezamos nuestra relación yo ya tenía los 18 mis padres poco pudieron objetar a eso.

Y así llegó aquel día, el día de mi 18 cumpleaños y el día en que me convertí en su sumisa, en la mujer que él quería, capaz de hacer todo lo que él deseara. Mis padres habían preparado una fiesta en el jardín de nuestra casa a la que asistirían todos mis amigos y familiares más cercanos. Primero habría una cena y tras eso, un poco de baile con una pequeña orquesta. La fiesta estaba prevista que empezara a las nueve de la noche y terminara ya de madrugada. Sabía que Pablo estaba invitado, por eso aquel día me vestí a conciencia para gustarle y sobre todo para provocarle. Me puse un vestido estrecho y corto, tan corto que casi se me veía el nacimiento del culo, y con un escote que evidenciaba mis senos, unas medias de encaje negras, tacones, un moño en el pelo y me maquillé lo más natural posible. Bajo el vestido no me puse ropa interior. Llevaba días ensayando como lo haría, como le diría que quería ser su sumisa, y durante toda la noche estuve buscando la oportunidad de hacerlo, de quedarnos a solas para decírselo.

Y estaba yo en la cocina bebiendo un vaso de agua cuando sentí que alguien se me acercaba por detrás. Dejé el vaso sobre el mármol y le vi:

- ¿Cómo va todo? – Me preguntó.

- Bien. Pablo quiero decirte algo – dije armándome de valor y de carrerilla continué – Quiero ser tu sumisa, la mujer que haga realidad todas tus fantasías, incluso las más perversas – repetí como le había oído decir a él aquella noche desde mi habitación.

Pablo me miró con incredulidad, como si lo que acaba de decirle le hubiera sonado extraño.

- ¿Qué dices, pequeña? ¿Estás loca?

- No, hace tiempo que lo deseo, y he estado esperando años a que llegara este momento. Quiero ser tu putita, ¿no las llamas así a tus sumisas?

- Sí, pero… eres casi una cría – apostilló.

- Ya, pero sé que puedo ser tan puta como cualquiera – le dije – Ahora mismo estoy súper mojada, ¿quieres comprobarlo? – Le pregunté insinuándome.

- Bueno – respondió él pegándose a mí e introduciendo sus dedos entre mis piernas.

Sentí como hurgaba con ellos en mi sexo, buscando mi húmeda vulva, entonces los untó, los sacó y me los ofreció diciéndome:

- Chúpalos.

Y lo hice. Abrí la boca, chupé sus dedos, los lamí y chupeteé como si fuera el más delicioso alimento y traté de mostrarle que disfrutaba haciendo aquello. Cuando terminé, Pablo sacó sus dedos de mi boca y me dijo:

- Esta bien, parece que vas en serio, pero antes de decidir si vas a ser mi putita o no, tienes que afrontar algunas pruebas ¿Vale?

- Vale, como tú quieras – afirmé empezando a actuar como una sumisa obediente.

- La primera será hoy a las doce en punto. Te espero en la habitación de invitados.

- Allí estaré – le dije totalmente convencida y sin saber realmente lo que me esperaba.

- Bien, es mejor que volvamos a la fiesta – dijo saliendo de la cocina.

Yo me quedé allí un rato, estaba súper excitada y con sólo imaginar lo que podría pasar en aquella habitación aquella misma noche, mi sexo se humedecía aún más. Miré el reloj, eran las doce menos cuarto. Luego salí otra vez al jardín. Los quince minutos que faltaban para nuestra cita se me hicieron eternos, y los pasé dando vueltas y más vueltas por el jardín pensando que en unos minutos me enfrentaría a uno de los momentos más decisivos de mi vida y que ya no habría marcha atrás. Cuando miré el reloj por enésima vez y vi que ya era la hora pensé que era el momento de la verdad, saqué pecho y caminé segura hasta la casa, luego seguí por el pasillo que llevaba hasta las habitaciones y al llegar frente a la última puerta llamé con los nudillos esperando su respuesta…

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Todo asombroso