Video Relato

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Karolina. Con Ernesto en el cine

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Aquella tarde Ernesto me propuso ir al cine.

Hacía tanto tiempo que no íbamos al cine juntos que me hizo ilusión y le pregunté con expectación que película había elegido.

Te voy a llevar a una sala porno.

Me dijo con una sonrisa picarona en los labios y un brillo especial en la mirada.

Yo no había ido en mi vida a una sala de esas.

No comprendí de entrada sus intenciones y me extrañó que hubiese decidido ir hasta el cine para ver una de tantas películas porno. En casa tenemos un canal que todas las noches da tres o cuatro seguidas y más de una noche nos hemos hecho de todo viéndolas.

Una de las cosas que nos gusta es ir haciendo, a modo de imitación lo que en la película hagan los actores.

Que la chica se pone a trabajarse el falo del actor con la boquita, pues yo me inclino y tomo el aparato de mi marido y le hago un trabajito igual o mejor.

Me gusta mirar de reojo a la pantalla mientras, para ver como lo hace la guarra de turno y procuro superarla y creo que lo consigo. Cuando el olor y el sabor del pene me inunda me convierto en la putita mas puta del mundo.

Si en la peli es el chico el que se trabaja el coñito de la interfecta, pues coloco la cabecita de Ernesto entre mis muslos, abro mis piernas al máximo y ofreciendo mis rosaditas intimidades facilito que sea él el que emule las escenas del film.

Y cuando empiezan las embestidas, copiamos las posturas y el ritmo. Si en la tele follan despacito, metiendo y sacando con suavidad. Ernesto me lo hace más delicado y lento aún, su pene no parece terminar de entrarme nunca.

Si la saca y le restriega el coñito a la guarra con la estaca, mi marido hace lo propio y su pene mojado en mis fluidos me acaricia los labios y el clítoris con suavidad.

Y cuando la cinta muestra polvos que se aceleran y las envestidas son salvajes el pene de mi esposo se hunde con rudeza y energía hasta hacerme gritar.

A Ernesto lo que más le agrada es que en la peli se decidan por inaugurarle el culito a la cerda. Le gusta escupir en el varias veces y penetrarlo al ritmo de la tele.

A mi sin embargo, lo que más me intriga; es el final. Eso de que te estén follando y veas que se acerca el orgasmo te crea una morbosa incertidumbre: ¿Donde se correrá?

En la boca de la niña, en su cara, en las tetas. ¿Se la meterá finalmente en el culito y eyaculará sobre los redondos glúteos de la actriz?

Le pido a Ernesto que procure hacer coincidir la salida de su leche con la del orgasmo fílmico. Y la verdad es que es un maestro. Es raro que se desvíe más allá de unos simples segundos.

Mi preferida es en las tetas. Cuando pone el actor su polla apuntando a los pezones de la putita, yo saco pecho, pongo mis manos elevándolos y mostrándoselos a Ernesto y cierro los ojos para sentir la llegada del semen tibio y oloroso. Después y aunque en la película no lo hagan meto la tranca recién desahogada en mi boca y lamo con placer los restos de la corrida aun con el prepucio duro y brillante.

¡Me encanta!

En fin que lo del porno, pensé yo, como en casa en ningún sitio.

Pero tenía su morbo lo de cambiar y me atrajo la idea de entrar por vez primera en un cine de ese tipo.

Ya en nuestro cuarto, subimos para arreglarnos y allí es donde Ernesto puso más interés al asunto.

Yo salía de ducharme desnuda, tan solo con la toalla tapándome apenas y Ernesto ya se había vestido y estaba sentado en un el borde de la cama.

Ven aquí, me ordenó.

Con él soy una perrita obediente y sumisa.

Me acerqué. Él me quitó la toalla. Mi coñito depilado a lo brasileño que lucia aún húmedo y perfumado por el reciente baño quedó justo a la altura de su boca. Ernesto lo besó dulcemente. Cogiéndome con las manos los glúteos desnudos.

No vistas esta preciosidad mi amor, me invitó. Ponte sólo unas medias con ligero y esa gabardina corta negra que tienes.

La gabardina negra no me llega ni a medio muslo y, además, no tiene nada más que un par de botones.

Me puse unas medias de rejilla negras y un liguero negro a juego.

Ernesto continuaba sentado mirando como me vestía, se levantó y me tomó de la mano llevándome de nuevo hacia el baño. Yo comenzaba a estar muy excitada. Mi coñito estaba comenzando a destilar sus aceites.

Cogió el bote de gel lubricante y se embadurnó la mano me abrió de piernas y extendió el gel por todo mi culito y mi chochito.

Era lo único que faltaba. No untó mucho solo un poquito, pero toda mi entrepierna quedó resbalosa. Abrió los labios de mi cosita y extendió el gel con su dedo y luego lo dirigió a mi agujerito de atrás y presionando fuerte metió su dedo pringoso en el.

Ponte la gabardina que nos vamos. Me dijo dejándome casi a punto del orgasmo.

Quede como una perrita insatisfecha.

Durante el trayecto al cine sentía mis muslos resbalando el uno contra el otro y el aceitoso ungüento se mezclaba con los míos propios.

El cine estaba oscuro, olía a ambientador barato y en la pantalla ya había una película puesta. Se estaban follando a una rubia tetona un par de negros con unas porras inmensas.

Cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad comprobé que la sala estaba medio vacía. Me llamó la atención que hubiese algunos hombres de pie en el pasillo.

Pronto comprendí que la sala era más un sitio de encuentro de maricones que un cine. Vi como se la chupaba un viejo a un chaval mucho más joven.

Nadie parecía preocuparse por lo que hicieran otros. Eso si los tíos que estaban de pie eran los mirones. Se movían hacia donde un chico metía mano a otro o hacia donde hubiese una mamada.

No había ni una solo mujer a excepción de la putita de la gabardina negra. Así me sentía.

Nos sentamos hacia la mitad en una fila de butacas vacía.

Me sentía súper observada. Mi corta gabardina negra y brillante y mis medias de rejilla negra no pasaban desapercibidas.

Pronto mi excitación creció hasta límites insospechados. Entre escena y escena de la película de los negros Ernesto deslizó su mano entre mis piernas y comenzó a jugar con mi almejita lubricada y abierta. Lo hacía con descaro sin preocuparse porque le vieran.

Yo no me atrevía a mirar a los demás espectadores. Pero noté como cambiaban de asiento varios tipos, acercándose hacía nuestra posición. Uno en concreto, joven, muy joven, no se si tendría los dieciocho, se puso a mi lado, tan sólo dejo una butaca libre entre nosotros.

Cuando Ernesto vio a mi acompañante abrió el cinturón de mi gabardina y el último de los botones y dejó mi coñito a la vista de todos los que nos observaban.

El chico comenzó a acercar su mano hacia mí, salvando la butaca que nos separaba, con una lentitud de cámara súper lenta, hasta que finalmente sus dedos rozaron mi brazo.

¡Joder!, nunca un roce me había producido tal escalofrío. Yo no me retiré, dejé que sus dedos continuasen rozando mi piel hasta que llegaron a mi mano y comenzaron a acariciarla. Me estaba volviendo loca aquel juego morboso.

El chico cambió de silla y se puso junto a mí. Miraba la mano de Ernesto jugando en mi coñito. Y su pene estaba a punto de estallar.

En la fila de butacas de alante se sentaron dos vejetes que sin disimulo alguno se pusieron girados a contemplar la escena. En ese mismo instante Ernesto empujó mis rodillas, primero una y luego la otra y dejó mis piernas abiertas.

Mi rodilla derecha chocó con la del chico. Y él puso su mano cálida y suavemente sobre ella.

El espectáculo que estábamos brindando no debía ser muy frecuente porque despertó la curiosidad de unos cuantos más. Yo calculo que entre diez y quince tíos estaban pendientes del asunto desde distintas posiciones, pero casi sentía el aliento de los dos viejos.

Al otro lado de Ernesto se sentó otro tipo y le sacó la polla a mi marido. El se dejó. Nunca había visto a mi esposo con otro hombre. Siempre pensé que me iba a dar asco una situación así pero estaba tan excitada que aun me calentó más ver la mano de otro hombre masturbando a mi marido. Pero el tío se arrodilló y comenzó a trabajarse con la boca la polla de mi carnudito que estaba tiesa como un roble.

Ernesto abandonó mi coño a su suerte y se retrepó en su asiento mirándome de reojo mientras se la mamaba el marica.

La mano de mi marido no tardó en encontrar relevo en los dedos del chico, que con la otra mano abrió el botón que faltaba de mi gabardina y la abrió sin disimulo.

¡Ahhhhhh!. Aun me excito al recordarlo. Desnuda, con las medias de rejilla, la gabardina abierta, mis pechos al aire y los dedos del chico dentro de mi coño.

No me hubiese dado cuenta de que tenía gente detrás si no hubiese sido porque una mano irrumpió rozando mi cuello y se dirigió certera y rápidamente a mi pezón y comenzó a pellizcar y acariciarlo.

Cuando me quise dar cuenta el chico tenía la verga fuera, llevó mis deditos a su pollón erecto y duro como el acero pero antes escupió en la palma de mi mano. Tomé aquel falo y comencé mis caricias. Nada mas agarrarlo tuve mi primer orgasmo.

El chico dejó mi almejita cuando mi mano comenzó a trabajar mas duramente. Pero uno de los viejos no desaprovechó la oportunidad y se incorporó en su asiento para llegar hasta mí.

Coló un dedo dentro de mi coño pero con otro a la vez se interno entre mis glúteos y localizando mi arete comenzó a trabajarlo metiendo la falange en él.

No se cuantos minutos pasaron. Mi marido eyaculó en la boca del marido cuando el viejo comenzó a tocarme. El chico eyaculo en mi mano y con su leche en mis dedos seguí acariciándole. El viejo me folló con todos sus dedos y desde las butacas traseras tocaron mis pechos varias manos distintas.

Se que provoqué unas cuantas eyaculaciones, pero yo tuve otro orgasmo más. Creo que ambos han sido de los más intensos de mi vida.

Mi marido le dio mi dirección de correo al marica. No me preguntéis para qué.

En un trozo de papel escribió "karolinaescribe @ Hotmail . es" y se la metió en el bolsillo de la camisa.

Os agradezco vuestros votos. Tenéis mis relatos entre los mejores de la categoría.

Os adoro.

Un beso.

TodoRelatos.com© karol
(karolinaescribe@hotmail.es)

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Todo asombroso