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Fabián y su hermana

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Fabián terminaba de fregar los platos cuando oyó el timbrazo. Se secó las manos y se dirigió hacia la habitación de donde procedía la llamada. Llamó con los nudillos suavemente y pasó al oír la orden que le autorizaba a entrar.

―Me llamaba señora? – dijo deteniéndose ante el amplio lecho, pies juntos, manos delante, como si se ofreciera, mirada al suelo.

―Cuantos años llevas a mi servicio, Fabián?

―Diez, señora.

―Y aún no has aprendido cómo quiero el café? Dime Fabián... lo haces expresamente? Lo haces para que te castigue?

―No señora, le pido perdón si no la he servido bien...

―Hace diez años te hubiera azotado pero ahora no me apetece. Retira la bandeja – ordenó secamente.

Adriana estaba recostada en el cabezal de la cama, entre almohadones. Sobre sus rodillas la bandeja con los restos del desayuno. Fabián cogió la bandeja y la dejó sobre el mueblecito para llevársela luego a la cocina.

La señora retiró la colcha y sacó las piernas fuera, apoyando sus hermosos y bien cuidados pies sobre la alfombra, una piel de tigre auténtica. Fabián se arrodilló, dobló su cuerpo y rindió homenaje a la que desde hacía diez años era su dueña, besándole los pies. Dos besos, uno en cada pie.

Adriana dejó que su esclavo se quedara un rato postrado. Fabián no se movería de aquella postura hasta recibir permiso de su dueña. Movió los dedos delante de la cara del criado y éste los besó con delicadeza. Adriana levantó uno de los pies poniendo los dedos bajo el mentón de Fabián, obligándole a levantar la cara. Adriana terminó el movimiento cabalgando una pierna sobre la otra. Balanceó el pie desnudo ante la mirada fija de Fabián.

―Dime, Fabián... aún me quieres?

―Sí ama, más que a nada en este mundo.

―No me odias?

―¡Oh, no... no mi ama...! – dijo con sinceridad el joven que buscó de nuevo besar el pie que ahora balanceaba ante sus ojos.

Adriana se sonrió. Valoraba la fidelidad y la devoción que Fabián le profesaba. El pobre muchacho había tardado diez años en ganarse el reconocimiento de su ama. Levantó un poco el pie y le ofreció la planta. Fabián la besó con amor.

―¡Venga... que se me hace tarde...! ¡Vísteme... y los zapatos... saca del armario los negros... y límpialos!

―Sí señora.

Fabián se levantó. Recogió del suelo algunas prendas tiradas y rápidamente se puso a vestir a su ama. Le ayudó a ponerse el vestido que descansaba en el galán. Después sacó del armario zapatero los elegantes zapatos de salón con tacón fino de un par de pulgadas, los cepilló con esmero y luego se arrodilló para calzárselos.

―Bien Fabián... muy bien... ya puedes besarme los zapatos – le dijo Adriana con voz cálida.

Fabián volvió a inclinarse y besó los zapatos de su señora.

Adriana caminó hacia su escritorio, recogió algunos documentos que metió en el bolso e hizo ademán de salir. Fabián corrió a abrirle la puerta. Adriana salió de la habitación y bajó las escaleras que daban al recibidor. Fabián la siguió con una capa negra que le colocó sobre los hombros y que fijó a su cuello mediante un broche de oro. Adriana se enjoyó mientras tanto los dedos. Después sacó un cigarrillo del bolso y Fabián le ofreció lumbre.

―No regresaré hasta la tarde.

―Sí señora... tiene alguna orden especial para mí, señora?

―¡Ah, sí, lo olvidaba. Tienes que estar a las doce en el aeropuerto. Ahora que tu padre ha muerto tu hermana finalmente regresa a casa. Espero que se quede a vivir con nosotros. Ella lo ha deseado desde niña pero tu padre lo impidió siempre. Ahora ya no puede hacer nada para que mi hija regrese a mi lado.

―¡Dios mío, señora... esto es una noticia maravillosa! – dijo Fabián sorprendido – pero, si la señora me permite decirlo... ¿no va a ir la señora a recibir a la señorita? ¡Son diez años de separación...!

―Tengo una reunión muy importante. La veré cuando vuelva y si se queda tendré toda la vida para resarcirme de su dolorosa ausencia. Posponer unas horas el reencuentro no hará más que excitar mis deseos de volver a tenerla, de abrazarla, de besarla...

―Pero señora... debería usted ir a recibirla... – insistió Fabián que no acababa de entender que su madre no cancelara o pospusiera aquella reunión que le impedía ir a recoger a su hija. Por importante que fuera aquella reunión no podía compararse a la importancia de volver a ver al ser cuya ausencia la había hecho sufrir tanto.

La mano de Adriana salió disparada y abofeteó el rostro de Fabián. Un hilillo de sangre se deslizó por el labio del joven. Fabián bajó la mirada al suelo y musitó palabras de perdón.

―No olvides que no eres más que un esclavo y no te permito que me digas qué debo o no debo hacer. Entendido? – le dijo en un tono duro y seco – Y recuerda, obedece a tu hermana en todo, ella también tiene todos los derechos sobre ti... aunque aún no lo sepa... ni siquiera creo que te recuerde – añadió Adriana mirándose una uña de la mano con que lo había golpeado, buscando un posible desperfecto.

―Descuide señora... la serviré como si de usted misma se tratara.

―Sabía que no me decepcionarías – le dijo Adriana cambiando súbitamente de actitud y apretándole cariñosamente los mofletes con los dedos de una mano.

Luego se le acercó y depositó un beso breve y fugaz en los labios del joven, justo en el sitio donde momentos antes le había golpeado. Fabián pareció sufrir una descarga eléctrica al contacto de los dulces labios de su idolatrada dueña.

―¡Ah, por cierto... no le digas nada a la señorita Mónica de nuestra relación!

―Me preguntará quien soy... es lógico...

―Limítate a decirle que eres mi criado.

Adriana esperó a que Fabián le abriese la puerta de la casa y salió. Tras la cancela del jardín esperaba ya un chofer de uniforme con la limusina de la corporación que Adriana dirigía, aparcada encima de la cera.

Fabián miró la esbelta figura de su ama avanzar hacia el coche. Tenía 45 años pero no aparentaba más de 30. El chófer le hizo una profunda reverencia antes de abrirle la puerta de la limusina.

El imponente auto arrancó y Adriana aprovechó para retocarse el maquillaje. Estaba realmente nerviosa. Aunque delante de su esclavo se hubiese mostrado como un témpano de hielo lo cierto es que le temblaban las piernas. La perspectiva de reencontrarse con su querida hija la tenía en ascuas.

Adriana repasó mentalmente lo mucho que había sufrido cuando su marido logró la custodia de la pequeña Mónica. El juez había repartido a los niños pero no como ella quería. Adriana había empezado a encontrar la felicidad desde el momento en que nació su hija y desprenderse de ella seis años después le había supuesto el golpe más duro que hubiese recibido en su vida. El pobre Fabián había pagado las consecuencias, entre otras cosas porque cada vez que lo miraba veía en él un retrato de su odiado esposo en pequeño.

Canalizó el odio que sentía por su ex-marido convirtiendo al débil y sumiso Fabián primero en una especie de criado y finalmente en su esclavo. Adriana sabía que ahora ya no había vuelta atrás. Se sabía incapaz de darle la libertad a su hijo y también estaba segura de que Fabián no podría vivir sin ser su esclavo. Las cosas habían ido demasiado lejos, habían pasado muchos años... ya no había vuelta de hoja.

Fabián nunca se quejó. El muchacho, erróneamente, se sentía culpable de la separación de sus padres y del alejamiento de su hermana. Se acusó de la desgracia de su madre a quien la separación de su pequeña princesa parecía haber transtornado y aceptó con resignación purgar su presunta culpa sometiéndose a la esclavitud que le impuso su madre.

Fabián se convirtió en el criado, en el lacayo... en el esclavo de su madre. Él hacía todas las labores domésticas, fregar, barrer, cocinar, planchar, limpiar... servía la mesa, hacía de lacayo, de mayordomo y hasta de doncella. Más adelante su madre lo usó para su placer sexual. Fabián, cuanto más lo humillaba su madre más la quería. Cuando no hacía las cosas con rapidez o no las hacía a gusto de su madre, ésta no dudaba en castigarlo.

Adriana prohibió a su hijo que la llamara «mamá». En su lugar debía llamarla «señora». Cada vez que al muchacho se le escapaba llamarla «mamá» ella le pegaba y después tenía que besarle los pies. Al principio Fabián sufría en silencio, debatiéndose entre el amor filial y la devoción que le profesaba como dueña y señora que era de su cuerpo y su alma. Con el tiempo Fabián terminó por aceptar que le pegara en lugar de que le acariciara o de que lo humillara en lugar de que le besara.

Había momentos en que Adriana se dejaba enternecer y trataba a su hijo con cariño. Ella había superado la ausencia de su pequeña hija conviertiendo en esclavo a su hijo, pero en ocasiones le flaqueaba la determinación, sobre todo si lo oía llorar a los pies de su cama por las noches. Entonces le venían ganas de abrazarlo y de mostrarse compasiva con él, pero Adriana estaba ya poseída por el hedonista placer que le proporcionaba dominar a su voluntad a otro ser humano y el hecho de que éste fuese además su hijo no hacía más que añadir mayor placer provocado por la agradable sensación de la morbosa depravación que producía transgredir los límites éticos y morales que imponía la naturaleza misma.

Con los años Fabián creció y el placer que le producía a Adriana tener de esclavo a su propio hijo se exacerbó, a lo que contribuyó el que el muchacho deviniera un apuesto efebo con el que satisfacer sus necesidades sexuales.

La llegada de Mónica tras el repentino fallecimiento de su ex-marido creaba una situación nueva. Estaba dispuesta a compartir a Fabián con su hija pero aceptaría Mónica que su propio hermano fuese su esclavo? No lo sabía. No sabía nada de su hija. Tan sólo tenía las fotos que en cada cumpleaños de la niña le hacía su ex-marido y que le envíaba. Adriana había visto crecer a su hija en esas fotos recibidas de año en año.

Ahora habían pasado diez años. Fabián era un guapo joven de 20 años, amoldado a su rol de sirviente de su madre y desde ese día también al de sirviente y esclavo de su hermana.

Fabián condujo el auto hasta el aeropuerto con tiempo suficiente para llegar a la hora. Mientras conducía pensó en su extraña situación. Pensó en su madre cuando sintió el dolorcillo en el labio pero inmediatamente recordó el dulce beso que le había dado. Pensó en su hermana. La conocía por las fotos que la señora recibía cada año. Ahora ella también sería su ama... le gustaría pegarle de la misma manera que le gustaba a la señora?

Los mecanismos de razonamiento que seguía la mente de Fabián no eran los mismos que seguiría una persona con una relación materno-filial normal. Desde los diez años que había sustituido a su madre por su ama. Además era de carácter débil y de personalidad sumisa. Era imposible que Fabián razonara como un muchacho de su edad normal y corriente. Él pensaba en los únicos términos que conocía, pensaba bajo el esquema de un esclavo que se sabía condenado a ser esclavo y que aceptaba ser esclavo.

Se había vestido con sus mejores galas que Adriana le había comprado para cuando salía con él de noche o de paseo, cosa que desde hacía un par de años hacían muy a menudo. Adriana era una hermosa mujer de gran belleza que despertaba pasiones entre los miembros de ambos sexos. Fabián había heredado la belleza de sus rasgos y despertaba admiración por igual entre jovencitas y maduritas, por lo que a Adriana le gustaba lucirlo en sus salidas y reuniones. En los círculos más íntimos de Adriana todos conocían la verdadera condición de su hijo y ella no se escondía en ponerla de manifiesto, circunstancia que humillaba muchísimo a Fabián, aunque la aceptaba con resignación debido al intenso amor y devoción que sentía por su madre y ama.

Fabián había llegado al aeropuerto y estaba en la terminal de llegadas de vuelos internacionales. El avión procedente de Accra (Ghana) acababa de aterrizar. En las manos tenía un cartel que decía: «Señorita Mónica Bori».

Una muchacha de unos dieciséis años, bonita, metro sesenta y cinco, cabello largo lleno de bucles desordenados que caían a ambos lados de su rostro delgado y bronceado, ojos color miel. delgada pero con formas, se plantó delante de él.

―¡Hola, esa soy yo! – le dijo con una alegría natural, rebosante de espontaneidad, y señalando el nombre del cartel.

―Señorita Mónica?

―La misma. Vienes de parte de mi madre?

―Sí señorita Mónica. Me llamo Fabián – dijo el muchacho que rápidamente cogió la maleta que la muchacha traía de equipaje – sígame, el auto está cerca.

―Y mi madre, no ha venido a recibirme?

―Me ha dicho que le comunique que lo siente muchísimo, una inaplazable reunión la tiene ahora ocupada pero que esta tarde regresará a casa en seguida que pueda para estar con usted, señorita.

La joven resopló con gracia. Tampoco parecía excesivamente molesta por el hecho de que su madre no estuviera allí para recibirla. De hecho pensó «si hemos estado diez años separadas no vendrá de un par de horas más».

Caminaron hasta el cercano aparcamiento. Fabián colocó la maleta en el capó del coche y luego le abrió la puerta trasera. Mónica le sonrió y entró. Fabián se sentó al volante y arrancó.

Fabián condujo con rapidez aunque con seguridad. No dijo ni una palabra. Se limitó a observar discretamente por el retrovisor a la joven que se hallaba en el asiento trasero. La casa, un lujoso chalet con jardín, se encontraba en la zona residencial de aquella pequeña ciudad de provincias. Fabián enfiló por la ronda y en menos de veinte minutos se detenía ante la cancela de hierro. Oprimió el mando a distancia y la verja se abrió lentamente. Llevó el coche por el camino de grava hasta el garaje que estaba adosado a la casa. Fabián detuvo el motor y bajó. Iba a abrirle la puerta a la señorita para que bajara pero Mónica ya había salido. Fabián la miró de reojo, era guapísima. En realidad no lo era, pero sí era muy atractiva en conjunto y desde luego para él era una auténtica belleza.

―Bueno... y tú quien eres? Un amigo de mamá? – preguntó Mónica que estaba un poco mosqueada de que aquel guapo mozo no le hubiese dirigido la palabra en el corto viaje.

―No señorita Mónica... soy... soy su criado.

Mónica se lo quedó mirando, un poco extrañada. Aquel muchacho tan joven, tan guapo, bien vestido... el criado de su madre? Se sonrió disimuladamente. No acababa de creérselo, más bien pensó que se trataba de una especie de gigoló, carne fresca para una madura ricachona.

―¡Uy... qué bien... precisamente eso es lo que yo necesito ahora... un criado que me prepare un baño y me haga un relajante masaje.

―Ahora mismo, señorita Mónica. Si me lo permite primero guardaré su equipaje y en seguida le preparo un baño.

Fabián cargó con la maleta, abrió la puerta de la casa con la llave y subió hasta el primer piso, donde estaban las habitaciones. Mónica lo siguió, admirando su cuerpo esbelto. No era muy alto pero estaba desde luego muy bien proporcionado y sus facciones eran muy agradables, aniñadas, lejos del estereotipo del macho viril, más bien era del tipo que solía despertar en las mujeres sentimientos maternales.

Fabián deshizo el equipaje con rapidez y eficacia. Mónica se estiró en la cama , boca abajo, los codos clavados en el colchón y la barbilla apoyada entre sus manos. Se sacudió las sandalias con un gesto y levantó las piernas hacia atrás, jugando a cruzarlas en forma de tijera, una arriba y la otra abajo, y viceversa.

Fabián de vez en cuando lanzaba furtivas miradas a las torneadas piernas de su hermana, observando discretamente cómo se movían. Colgó en perchas los vestidos y en los cajones ordenó la ropita interior. Mónica no le quitaba ojo.

Cuando terminó de guardar todas las pertenencias de Mónica, Fabián entró en el aseo y se puso a prepararle el baño. Cinco minutos después salió. Mónica estaba terminando de desnudarse. Fabián quedó impresionado al ver el cuerpo de su hermana. Carraspeó ligeramente.

―¡Ejem... esto... el baño está listo, señorita... cuando quiera!

Mónica levantó los ojos y se cruzaron durante un corto espacio de tiempo con los del joven. Fabián bajó rápidamente la mirada al suelo. Así se lo había enseñado su madre.

La muchacha cruzó la habitación y pasó delante de él con movimientos sinuosos. Estaba convencida de que era el amante de su madre y que todo aquello de que era su criado no era más que una pantomima que pronto desvelaría.

―La señorita quiere que le enjabone la espalda? – preguntó Fabián.

―Sí claro... he tenido que dejar a mi criada en Accra por problemas con los papeles y es un engorro estar sin ella. Una no se da cuenta de lo necesario que es el servicio hasta que le falta – dijo dejando escapar una risita tonta y añadió – tendré que pedirle a mamá que haga lo que pueda para conseguir que me la traigan. No puedo pasar sin mi Kali.

Mónica se metió en la bañera y Fabián se acercó para enjabonarla. Permanecieron en silencio un rato, mientras él la enjabonaba.

―Qué hay para comer? Tengo un hambre atroz – comentó ella.

―Puedo prepararle una ensalada y tenemos filete. Le parece bien, señorita?

―Perfecto.

Tras el baño él le tendió la toalla y la ayudó a secarse.

―Bueno Fabián, ahora toca el masaje, no?

―Desde luego, señorita. Si tiene la bondad de estirarse en la cama...

Las manos de Fabián relajaron el cuerpo de la muchacha. Casi se durmió bajo sus reparadores efectos. Media hora más tarde Fabián le pidió permiso para ir a hacerle la comida. Mónica se sonrió. Cada vez estaba más convencida de que aquel joven estaba representando un papel que no era el suyo, aunque tuvo que reconocer que parecía conocer bien el trabajo de criado pues era atento, discreto, eficiente y de actitud humilde.

Cuando Mónica bajó al salón la mesa estaba dispuesta y la comida servida. Fabián le retiró una silla ligeramente y ella se sentó. El joven la sirvió con elegancia y luego se apartó hasta la pared, pies juntos, manos delante, mirada baja, como le había ensañado su madre durante todos esos largos años de servirla.

―Bueno Fabián... he de reconocer que podrías pasar perfectamente por un criado, pero ya puedes sentarte y comer... por cierto... dónde está el servicio doméstico de esta casa? Es que hoy tienen fiesta?

―Perdone señorita, pero como ya le he dicho, soy el criado de la señora... y ahora también el suyo. Espero que no tenga queja alguna de mi comportamiento, señorita.

―¡Venga ya hombre...! ¡Siéntate a comer de una vez y cuéntame qué pasa aquí...!

―Lamento que la señorita no me crea, pero le digo la verdad. Además no me está permitido sentarme a la mesa para comer. Yo comeré cuando la señorita haya terminado, si es que no me necesita para lo que desee ordenarme.

Mónica se lo quedó mirando pero él tenía ya otra vez la mirada clavada en el suelo. No podía ser que le estuviera mintiendo. Repetía la misma versión una y otra vez y lo cierto es que tenía maneras de criado. Sería verdad? Decidió probarlo. Había bajado a comer con un vestido ligero y descalza.

―Bien, si de verdad eres mi criado sube a buscarme las zapatillas.

―Sí señorita.

Fabián subió corriendo las escaleras y en cuestión de segundos regresaba con las zapatillas en las manos.

―Son éstas, señorita?

―Sí, pónmelas – ordenó secamente.

Fabián se arrodilló. Mónica tenía los pies descalzos apoyados en la barra transversal inferior de la mesa. No hizo el menor movimiento por lo que Fabián tuvo que meterse bajo la mesa para calzarla. Antes de ponerle las zapatillas le besó los pies. Así le había enseñado su madre. Siempre que le ordenaba que la calzara antes tenía que besar sus pies.

Mónica se sorprendió. Ella estaba acostumbrada a que Kali le besara los pies pero aquello era diferente, Kali era una esclava que su padre le había comprado cuando era niña. En Ghana era frecuente que la gente de dinero tuviera esclavos. Allí se podía comprar una muchacha por el valor de cinco cabras, pero ahora estaban en el primer mundo, su padre le había dicho siempre que en Europa no podría gozar de los placeres de la auténtica servidumbre tal y como la disfrutaban en Ghana. Mónica se sonrió satisfecha pero estaba muy intrigada con aquel muchacho... y con su madre.

Fabián salió de debajo de la mesa y volvió a ocupar su lugar pegado a la pared, pies juntos, manos delante, mirada baja. Mónica siguió comiendo. Cuando terminó, Fabián, solícito, retiró la mesa y se fue a la cocina a fregar los platos.

Mónica entró en la cocina y se sentó en una silla, junto a la gran mesa adosada a la pared. Se descalzó y subió las piernas a la silla para ponerlas debajo de sus nalgas. Sus bonitos pies asomaban entre sus piernas.

―Tomaré café aquí – le dijo.

Fabián preparó café al terminar de fregar y se lo sirvió en la mesa de la cocina. Se quedó de pie, como siempre. Mónica removió la cucharilla para deshacer el azucarillo y sorbió el café.

―¡Mmm... está muy rico...! Dime una cosa, Fabián... así que eres el criado de mi madre?

―Sí señorita, y ahora también el suyo.

Pues sería cierto. El caso es que Fabián le recordaba algo, no sabía muy bien el qué.

―Yo tenía un hermano que vivía con mamá. Se llamaba Fernando... sabes si aún vive con ella?

―Lo siento señorita, no estoy autorizado a hablar de este tema.

―¿Qué quiere decir que no estás autorizado? Sabes algo o no? – preguntó sacando a relucir el mal genio que tanto temía Kali, su esclava que se había quedado en Accra.

―La señora, mi ama, no me permite hablar de ello. Le ruego que se lo comente a ella. No creo que tarde en volver.

A Mónica se le subieron los colores. No estaba acostumbrada a ser desobedecida. Si Kali se hubiera negado a contestarla la habría azotado, pero ahora no estaba en Accra, así que se contuvo.

En ese momento llamaron a la puerta. Fabián no había oído la limusina y no había ido a abrir la puerta antes de que su madre llamara. En otras circunstancias este error le habría costado ser castigado. Abrió y se arrodilló para besar los pies de su madre. Adriana pasó por encima de él. Le pisó una mano con las prisas por ir a abrazar a su hija que había salido de la cocina.

―¡¡¡Mamá...!!!

―¡¡¡Hija...!!!

El encuentro fue emotivo. Adriana tenía tanta ansiedad que a punto estuvo de sufrir un desmayo.

―¡Fabián, Fabián...! – llamó Adriana – ¡Mis sales... rápido, estúpido!

El muchacho rebuscó en el bolso que su ama había arrojado al suelo al ver a su hija y regresó con un frasquito que abrió y dio a oler a su madre. Adriana se calmó y tomó asiento en el sofá. Mónica lo hizo a su lado.

―Creo que tu llegada a desquiciado un poco a Fabián... ya tendría que estar aquí con mis zapatillas...

Fabián se puso rojo. No se había acordado. Subió las escaleras de dos en dos y bajó con las zapatillas de su ama. Se arrodilló a sus pies y le descalzó los bonitos zapatos de salón.

―Qué tal se ha portado Fabián? – le preguntó Adriana a su hija mientras el muchacho le hacía un masaje en los pies antes de calzarle las zapatillas.

―Bien... me ha dicho que es tu criado... la verdad, me ha sorprendido un poco, pensé que tendrías una mucama, como tiene todo el mundo y no un bello y apuesto jovencito – se rió Mónica.

―Caprichos de la madurez, hija... en cualquier caso tiene que obedecerte en todo lo que le ordenes.

―Pues no me ha obedecido del todo. Le he preguntado por mi hermano y me ha dicho que no tiene permiso para hablar de este tema, que hable contigo.

Adriana se mordió los labios. Había pensado mucho en eso, en cómo contarle a su hija lo que había hecho con su hermano. Había considerado la posibilidad de contarle una elaborada mentira y esconderle la verdad. Lo cierto es que aún no tenía claro del todo qué hacer.

―Vive aquí – le contestó finalmente Adriana.

―¡Oh...! ¿Está fuera? ¿Cuándo vendrá?

―Ya está aquí... es él – dijo señalando con el pie a Fabián.

―Quéeeeeeee...? Cóoooomoooooo? Pero si recuerdo que mi hermano se llamaba Fernando...

―Le cambié el nombre. Fabián es un nombre más adecuado para un sirviente. Además de esta manera mataba simbólicamente a mi hijo y nacía mi esclavo.

Adriana, mientras Fabián le masajeaba los pies, le contó la historia a su hija que la escuchaba atónita. Mónica no acababa de creerse que aquel muchacho que estaba ahora a sus pies fuese su hermano, aquel muchachito mayor que ella que la consentía y la mimaba y que la adoraba.

Fabián les sirvió la cena. Mientras comían el muchacho permaneció contra la pared, esperando que lo reclamaran para servir. Madre e hija siguieron charlando. Tenían mucho que contarse, diez años de separación forzosa daban para muchas horas de charla ininterrumpida.

Fabián, después de que cenaran su madre y su hermana, se retiró a la cocina donde dio cuenta, en el tiempo que se preparaba el café, de los restos que ellas habían dejado en sus platos.

―Seguro que tú puedes conseguirlo, mami... necesito urgentemente a Kali. No podía entrar en Francia por no sé qué problema de documentación... sin ella estoy perdida... papá me la compró nada más llegar a Accra. Son diez años juntas y me resulta imprescindible.

―Pero ya tienes a tu hermano. Piensa que es peligroso tener una esclava aquí. La muchacha podría escaparse e ir a la policía...

―No hay problema. Kali pertenece a una cultura que nosotras jamás entenderíamos. Ella sabe que es esclava y nunca intentará escapar. Además me adora. Tenías que ver cómo lloraba cuando me despidió en el aeropuerto. Le juré que no la vendería. Eso es lo que más teme. El administrador de mis bienes me propuso venderla a alguna familia rica de la alta sociedad de Accra y me negué. Tengo muchas amigas negras de familias ricas y tendrías que ver lo crueles que son con sus esclavas. Dejé a Kali con una de estas muchachas diciéndole que sólo sería por un tiempo pues pensaba volver para llevármela cuando arreglara sus papeles y le hice jurar que no le pegaría demasiado.

―Bueno... no sufras por esa negrita. Mañana mismo pondré a mis administradores a trabajar con tal de que te la traigan bien pronto.

―¡Ay mami... qué buena eres... no sabes cuanto te lo agradezco! ¡Estoy segura de que Fabián es un buen esclavo, pero tener a Kali conmigo me supondrá un gran alivio... piensa que ella me conoce todos los gustos, mis caprichos, mis necesidades. A veces no tengo ni que darle órdenes... ella ya sabe, o intuye, lo que tiene que hacer – le dijo guiñándole un ojo para darle entender a qué tipo de necesidades se estaba refiriendo.

Fabián sirvió el café a sus amas y se arrodilló ante ellas aguantando un cenicero para que arrojaran la ceniza de sus cigarrillos.

―Te hablaré francamente, Mónica. Fabián es mi esclavo para todo. Normalmente lo uso por las noches para que me «alivie», él, como tu Kali, también conoce mis «necesidades» – le dijo sonriendo – imagino que también querrás servirte de él. Hasta que no tengas a la negrita esa lo mejor será que lo utilicemos una noche cada una. A mí particularmente me gusta que después de «aliviarme» duerma a los pies de mi cama. Creo que esta noche debes quedártelo tú... eres joven y debes tener más necesidad que yo. Cuando termines con él que se quede a domir en el suelo.

Mónica le dio un beso a su madre, un beso mimoso, agradeciéndole la deferencia.

─Gracias mami... le permitiré que me sirva de alfombra de cama. Es como permitía a Kali que durmiera en mi habitación.

―¡Fabián, esta noche servirás a la señorita Mónica. Entendido? – dijo Adriana.

―Sí señora.

Fabián subió las escaleras tras su hermana. El muchacho le llevaba en la mano las sandalias que ella se había hecho descalzar. En la alcoba Fabián ayudó a desnudarla y le puso un ligero y breve canesú de seda tranparente que dejaba ver la maravillosa figura de aquella joven de dieciséis años. Fabián tuvo una erección en el momento que se arrodilló ante su hermana para besarle los pies.

Mónica lo miró desde lo alto. Estaba acostumbrada a ver a la negra figurita de Kali postrada a sus pies y al ver ahora a su propio hermano tuvo una sensación extraña. Se sentó en el borde de su cama y obligó con el pie a que Fabián levantara la cabeza.

―Ven... – le susurró – desde el primer momento que te he visto he tenido una extraña sensación. No me resultabas indiferente pero no podía ni imaginar que fueras mi hermano.

―Soy tu esclavo, ama – contestó Fabián una vez se hubo erguido y quedado de rodillas ante su hermana y humilló la mirada.

―Dime una cosa... te gusta darle placer a mamá?

Fabián no contestó. El enrojecimiento de su rostro fue la mejor respuesta.

―Kali me aliviaba por las noches el ardor que tengo casi siempre entre las piernas...

―La señora me ha dicho que debo servirte en todo lo que me ordenes, ama – repuso Fabián.

―Soy muy exigente. A Kali la azotaba si no me dejaba suficientemente satisfecha... – le comentó Mónica mientras hacía descender su mano y acariciaba el henchido bulto que asomaba bajo la tela del pantalón de su hermano.

Fabián se estremeció al notar el contacto de la cálida mano de su joven ama en su palpitante entrepierna.

Mónica se dejó caer lentamente hacia atrás hasta que su espalda descansó en la cama. Separó bien las piernas y a los ojos de Fabián se apareció el jugoso coñito de su hermana que semejaba unos labios sonriéndole. El joven se acercó lentamente hasta enterrar su rostro entre las escarchadas estrías que parecían tener vida propia y por las que empezaban a rezumar blanquecinas humedades producidas por el deseo.

Las manos de Mónica se posaron con suavidad sobre la cabeza de su hermano y arqueando ligeramente la espalda se entregó a las andanadas de su lengua y sus labios. Mónica comenzó a gemir. Sus dedos se engarfiaron en el cabello de Fabián. Le apretó la cabeza como si pretendiera engullirlo. Fabián apenas podía respirar pero no importaba. Su hermana le exigía que la hiciera gozar y eso era lo único que importaba. Se entregó con toda su alma. Su lengua entraba y salía de los surcos jugosos, del agujero encharcado. Se ayudó de la nariz y de toda la cara para apretar con fuerza los resortes de placer que tenía a su alcance, restegándose sin descanso contra el cada vez más húmedo y oloroso coñito de su joven ama. Mónica pasó de los gemidos a los jadeos, de los jadeos a los estertores y finalmente comenzó a gritar.

La muchacha puso los pies desnudos sobre la espalda de su hermano y le engarfió el cuello para poseerlo con más fuerza. Sus caderas se movían frenéticamente. Fabián se restregaba con fuerza. Mónica gritó, y gritó. Y apretó más sus piernas y aferró con sus manos el cabello de Fabián.

Un grito largo, lento, continuado, de obscena felicidad puso el punto y aparte de un maravilloso orgasmo. Luego vino la lenta relajación, entre espasmos y pequeñas sacudidas cada vez más espaciadas. Las piernas de Mónica aflojaron su presión así como sus manos. Fabián pudo retirar la cara lo suficiente para tomar aire. Estaba agotado pero se sentía feliz: su ama parecía realmente satisfecha.

Permaneció aún mucho rato con la cara entre las piernas de su hermana, respirando el olor de sus fluidos, un olor fuerte pero a la vez excitante. Fabián pensó en su madre. Le encantaba darle placer pero lo que acababa de hacer a su hermana lo había excitado como nunca y ahora tenía una erección de las que si no hacía algo para remediarlo se mantendría en su máxima expresión toda la noche, impidiéndole pegar ojo.

Su madre no le permitía penetrarla, eso por supuesto, y sólo de vez en cuando, muy de vez en cuando, le autorizaba a eyacular masturbándose. Cuando eso sucedía debía hacerlo frotándose el pene entre las botas que previamente había tenido que calzarle y entonces era el ser más feliz del mundo. Mónica se incorporó en la cama. Estaba hermosa. El cabello, producto del sudor se le había pegado parcialmente a la cara. Tenía los ojos brillantes. Había quedado más que satisfecha.

―Creo que te has ganado que no te azote como me veía obligada a hacer con Kalia. Es más, creo que mereces una recompensa. Mamá te permite masturbarte?

Fabián le contó que sólo de vez en cuando y de la manera que se lo permitía, frotándose contra sus botas.

―Te gustaría frotarte contra las plantas de mis pies? – le preguntó guiñándole un ojo al tiempo que levantaba una pierna y le ponía la planta del pie en la cara – cuando tenga aquí a Kalia, si te portas bien te dejaré que te la cojas. Si la preñas, mejor... así me dará un nuevo esclavo.

―Gracias ama... gracias mi ama, mil gracias mi dueña – le contestó emocionado Fabián besando con emoción la planta del pie de su adorada hermana.

―Venga, quítate los pantalones... acabémos rápido con esto... tengo sueño.

Fabián se bajó los pantalones y Mónica puso las plantas de sus pies sobre su miembro a punto de reventar y empezó a frotárselo suavemente, muy suavemente.

No necesitó Mónica emplear demasiado tiempo. Tras unos cuantos apretones con su cálido y mórbido pie Fabián comenzó a vomitar tremendos chorros de semen. El rostro del muchacho era de la máxima felicidad. Mónica no tuvo que ordenarle nada. Lo primero que hizo Fabián fue lamerle los pies de los goterones de semen con que se los había salpicado. Después hizo lo mismo con los charquitos que poblaban el suelo.

Mónica mandó a su esclavo a dormir en el suelo, en el lugar de la alfombra de cama. Fabián lloró de felicidad. La llegada de su hermana podía ser que le hiciera la vida aún más dura, pero a la vez más feliz.

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Todo asombroso